Por Fernando Novalbos



Ahora puede parecer un sueño según pasó el tiempo,
pero haciendo memoria, recuerdo con exactitud
cómo sucedieron las cosas en aquella época.
Bajo la lluvia, a solas con mi propio silencio,
me acerqué lentamente a la librería Antonio Machado,
compré un libro de uno de mis favoritos, Javier Marías,
Berta Isla, galardonado con el premio de la crítica,
con la ilusión de llevarlo en la mano me senté
en un banco resguardado del Parque Berlín,
en Madrid y busqué la hermosura.
La novela comienza así; “Durante un tiempo
no estuvo segura de sí su marido era su marido,
de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela,
si se está pensando o soñando, si uno aún conduce
su mente o la ha extraviado por agotamiento.
A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces
decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él…”
más o menos algo parecido a lo que te ocurre a ti,
era una tarde demasiado oscura y fría de primavera,
a mediados de mayo, y aunque no lo sepas,
y te lo cuente ahora durante este paréntesis,
todas las cosas me vienen de ti, y contigo sé dónde voy,
aun así, todavía entonces, estaba solo,
sin nadie a mi lado, sin pareja,
sin más amor que el amor propio de saber
que algún día soñar con tu llegada, y llegaste,
con el corazón peregrinante y tu voz implacable.
Una semana después subí al avión en el que crucé
el mundo de un océano a otro.
Mi destino, Lima, y Santiago de Chile,
no Santiago de Compostela, ya sabes a qué me refiero.
Cuando el avión aterrizó no esperaba nadie
en la terminal para recibirme y darme un abrazo,
seguía estando solo, sin prisas, sin abrumarme.
Durante aquellos días que pasé fuera de casa,
nadie dijo claramente que no podía olvidarme,
luego recorrí los famosos viñedos chilenos,
surgían de una tranquilidad misteriosa y contemporánea
que desconocía y al fin pude conocer,
en línea recta, y paralelos al Océano Pacífico,
desde la capital hasta Isla Negra y el Museo de Pablo Neruda.
Me senté a compartir mesa con desconocidos
en aquel lugar mágico construido con madera,
se cruzaba tanta gente conmigo
que cada persona parecía un eslabón más
de la cadena que me acercaría a ti.
Antes de conocerte aborrecía la melancolía,
ahora convivo con ella, aunque te espere,
sin embargo vamos de la mano a cualquier parte,
hace poco soñé que cruzaremos a pie el Puente Vecchio
en Florencia, sobre el río Amo,
y volveré a sentarme – eso sí – contigo y llegados
al final miraré tus ojos para ver flotar tu estrella,
y ya no será con desconocidos, seré abrazado,
porque anoche cuando me escribiste con seudónimo,
tuve la extraña sensación de aquella tarde, en Madrid,
con el libro de Javier Marías entre manos,
no me hablabas tú, sin embargo te dirigías a mí,
diciendo que no deje la pelea, que no abandone,
aún tenemos que compartir lo que nunca vivimos,
y sin lugar a dudas, todo lo que nos queda por vivir,
sea la alegría, sea la tristeza o sea el amor,
para no preguntarnos dónde estamos ahora,
conquistar el bosque verde y en la frontera,
escribir con letra mayúscula lo que más desees,
mi nombre sujeto a una flecha o a un hilo común
que nos ate dentro del mar para que nos guíe la luz,
aunque puede parecer un sueño,
y recuerde con exactitud cómo sucedieron las cosas
en aquella época de mi vida hace sólo dos años.