con Antonio Gómez .
Muchas veces le he preguntado a Antonio, nuestro querido «Pollo Loco», si merece la pena montar en moto y viajar con frío, lluvia, calor… Estar sentado en el asiento, con los brazos estirados, la espalda aguantando los vaivenes del asfalto y siempre en tensión por si la carretera te da un susto.
Fernando Drummond (Periodista de São José dos Campos, Brasil) se hacía también esta pregunta:
“¿Cómo pueden creer que es cortés transportar un pasajero, sin ninguna comodidad ni seguridad, obligando al (o a la) pobre infeliz a abrazarse al piloto? Estando expuestos ambos a toda clase de molestias: polvo, piedras, que saltan, o la ducha de agua sucia arrojada por los coches que pasen por algún badén a su lado. O los negros y apestosos gases de escape de los camiones en las avenidas transitadas, por ejemplo. Y ni hablar de la necesidad de usar botas, cascos, protecciones, guantes y pañuelos, hasta en los días más calurosos.”
Antonio me miró con una sonrisa y me respondió.
– “A ti te gusta, Alberto, viajar en coche. Cómodo, con tu aire acondicionado, con todas las medidas de seguridad que te dan ahora los vehículos, música, charla tranquila con los acompañantes… pero te pregunto: ¿siempre tienes puesta una sonrisa?”
Lo cierto es que Antonio tiene razón. Parece que cuando nos montamos en los coches nos transformamos y sacamos “lo mejor” de nosotros. Raro es el día que no ves, o te toca, algún “listillo”, nervioso o agresivo conductor. La sonrisa no dura mucho.

Sin embargo, las veces que he tenido la suerte de ser “paquete” con Antonio en alguna de nuestras rutas, o les he seguido en el coche escoba, cuando se cruzan con otros moteros los saludos de uves y luces nunca faltan. Da igual el tipo de moto, todos los moteros actúan igual.
Estos locos de las dos ruedas se juntan para hacer rutas y disfrutar del camino. Si paran para “avituallarse” en algún bar del camino, saludan y charlan con otros moteros que ni se conocen.
Los que somos ajenos a este mundo, nos sorprende las pintas que llevan: ropa de cuero pesada, pañuelos en la cabeza, botas, cadenas, pintas que te hacen temblar pensando quien es esa gente. El ruido ensordecedor de sus monturas. Sin embargo, bajo esas “pintas” están todo tipo de profesionales que les une su amor a las dos ruedas. Olvidan su trabajo y es su forma de desconectar y disfrutar de la aventura. Es su válvula de escape.

Cuando hablas con todos ellos, te cuentan cosas sobre los placeres de “salir de ruta” sobre dos ruedas. Sobre la experiencia de conocer nuevos amigos por donde se pasa; de la alegría al redescubrir el placer de la aventura, sin importar la edad; y de la posibilidad de ser libre y alegre, rompiendo las barreras que existen solamente en nuestras mentes, tan acostumbradas a la mediocridad.
Mi amigo Jose, está deseando que llegue el domingo para coger su moto y salir a montar. Parar a desayunar y volver a casa. Es sólo un día a la semana, pero para él es su momento de “libertad”.
Félix es otro tipo raro, él y su moto van a todas partes a diario, llueva, nieve o haga un calor sofocante. Como siempre me dice: “mi moto y yo somos una sola persona”.
Miriam o Iván son el ejemplo de lo que unen las dos ruedas. Mochila en la espalda son capaces de irse en sus monturas a recorrer por etapas países enteros.

Y ¡que decir! de todos esos “locos” que son capaces de recorrer un montón de kilómetros, cruzarse media España para asistir a un aniversario de una sede, o un grupo amigo.
La verdad es que no están tan locos como parecen y me atrevo a decir que están mucho más cuerdos que el resto porque saben disfrutar y amar su viaje. Y cuando estás con ellos dejas de verlos como tipos raros y vas admirando su ilusión y de reojo tienes cierta envidia.

Lo bueno en mi caso, con estas lecciones de aprendizaje que he compartido con mi hermano Antonio desde que comenzamos este proyecto, hace ya 8 años, es que me siento un poco “motero” y entiendo esta filosofía de vida.
Y ahora cuando me cruzo con algún grupo de “locos de las 2 ruedas” desde el coche, mis uves y luces no falta porque soy capaz de ver esa sonrisa en su cara bajo el casco peso al calor, la lluvia, el frío…
Buena ruta.

Alberto Bellido